Me
senté a mirar donde ella estaba, sus ojos marrones se molestaban en mirar todo
cuanto había a su alrededor, desde el café frío que bebía hasta mis manos nerviosas
a escasos centímetros de su pelo preguntándose cuándo se atreverían a
acariciarla. Cuánto tiempo más habría de pasar hasta llegar al beso…
Mi yo
cobarde apartando la mirada y la triste sombra de un recuerdo mancillando un
presente inexistente con la esperanza de alcanzarla de nuevo. Un vínculo roto
entre dos corazones que llevaban años resistiéndose a dejar de latir. Todo en
pausa porque una vez, al igual que mis manos ahora, mis labios fueron demasiado
lentos y mi boca se inundaba con un pensamiento que jamás se hizo materia.
Aborreciendo lo estático.
Nos
destruíamos ante la ausencia de esas uñas clavándose en la espalda desnuda,
entre los suspiros al mirarnos al vacío y los suicidios constantes al decirnos
adiós una y otra vez. Sin ella en vez de con ella.
El
anillo en mi dedo que ella desconoce.
Sería
hermoso ahuyentar a esta gente que nos rodea, apagar lentamente el sol hasta
quedar en la penumbra, encender las
cenizas y que resurja la llama, levantarla de su silla y sentarla en mi regazo,
apartar el café que tanto tarda en beberse, apartar su pelo, que ella aparte el
mío. Mirarla a los ojos sin miedo, decírselo, gritárselo en silencio cómo
tantas veces cuando no era tan cobarde. Y una vez a solas y sin miedo…besarla,
por primera y última vez. Que mis manos invadan su cuerpo sin tregua alguna,
con la dulzura que conquista, la osadía que arrincona, el desafío que despierta
el alma. Romper del todo esa tela magullada y raída, romperlo todo hasta
estallar en llantos. Atrapar su cuello con mis manos, dejar su piel roja y
ardiendo, enferma de mí.
Besarla
por primera y última vez, levantarme y cerrar la puerta para siempre he irme.
Por primera y última vez.