Silvio es el sudor
de mis manos, mis ojos ciegos, mi alma despedazada y confusa, mis gritos
ahogados cuando golpeo la pared y suspiro sin dejar ver las lágrimas.
Silvio es el peor
de mis epílogos, el más bello y sombrío de los finales, la prueba de que hubo
fracasos, las heridas antes de nacer, el hambre, el orgasmo, el dolor.
Silvio es el réquiem de luz roja, el arte desde el
estómago, el puño en la llaga, las cicatrices que no llegan a cicatrizar, los
susurros que dicen “¿Cuándo?” y yo digo “¡Ahora!”.
Silvio es mi abstracción, mi deformidad, mi espejo, mi
letra, mi código, la tonalidad menor. Mi necesidad de salir, mi prisión sin
barrotes, mi cárcel en la nada, el vacío.
Silvio es mi torpeza, mi espalda rota, los
condicionales desesperados, el temblor, mi contra-objetivo, mi caos, mi locura.
Mi negación, mi atadura, mi mirada perdida.
Silvio es mi ausencia de palabras, el más chirriante
de mis silencios, el peor día, el peor beso, el verso sin final. Mi primera
calada, mi trastorno, mi complejo, la falta de memoria.