Lo añoro.
Pero todo a mi manera, con esa extrañeza de descomponer los sentimientos. Los
cojo, como si de libros se trataran y los voy situando en un estante, los giro,
les doy la vuelta, me atrevo a cambiarles el nombre y si soy osada hasta el
significado. Todos y cada uno llevan su historia. Todos llevan mis ojos, a
veces verdes y otras marrones. No con todos me llevo bien, sé que están ahí, me
miran desde el estante donde los he situado, me retan a abandonarlos y saben
que si pudiese lo haría. Abriría la ventana y los lanzaría lejos con todas mis
fuerzas, tan lejos que no pudiesen volver…pero no puedo, son más fuertes que
yo, me conocen mejor que yo a ellos. A veces me pregunto si he sido yo quien los ha creado o por el contrario ellos me
crean a mí. ¿Ellos me forman? ¿Formo parte yo de ellos?
Lo peor
es cuando se pelean entre ellos, todo adquiere un tono de burla. Estoy yo
sentada mirando a la pared, escuchando esas voces en mi cabeza mientras vomito
muecas y gritan tanto que no puedo
entender a ninguno, surgen nuevos pensamientos.
Burla,
sarcasmo, ironía, terror, macabro, cerveza, amor, perfume, verde, tóxico,
Mozart, piano, Re Mayor, teatro, amistad, comida, chocolate, mar, macarrones…más
macarrones, nunca tengo suficientes macarrones. Queso.
Y se
detienen sin llegar a ningún
acuerdo. ¿Y ya está? Les pregunto. Los
odio a todos. No contestan. Nunca contestan, nunca contestas…Cabrones!
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