Lejos. Lejos. Cerca, con urgencia que no puedo más con la
añoranza. Qué simpleza adorna mis días vacíos de su aroma, de su pecho de
estrella. Se ha ido. ¿Pensará en mí? Camino mirando el suelo, escuchando algo
de jazz. Qué desperdicio de días sin ella. Vuelve a mí estrella. Miro el mar
sin olas. tiene una falsa calma, es un mar de aluminio, no suena su brisa, no
se respira la humedad, no luce el elemento. Y ella no está conmigo.
Todo se reduce a
comas y puntos. Todo es estático y frío. Sin ella todo pertenece a la nada. Y
sigo caminando, arrastro la melancolía cual perro viejo. Algo dentro de mí
despierta. Te veo. no, perdón. Te sueño porque no es real tanta belleza que ven
mis ojos. ¿Eres tú la que se acerca a lo lejos? Son tus andares, es tu mirada perdida,
es tu aroma y mi sonrisa que aparece al verte. Me acerco, ya tiemblo y eso es
buena señal, si fuera otra no temblaría.
Se acerca a mí y me mira. Dios mío me ahogo. Parece dudosa
pero no puedo soportarlo, soy arrastrada hacia sus brazos, pertenezco a sus
besos. Nos abrazamos con fuerza, noto su corazón golpear contra mi pecho, beso
su cuello, sus mejillas, su frente. Si no la amo ahora no le he amado nunca. Y
la amo, con la mayor intensidad. Ella se ruboriza y sonríe, le encantan mis
besos. Tengo sus labios rogando que los bese a un centímetro de mi boca. Qué
perfecta tortura el roce de sus labios, crea un dolor de museo, digno de exhibir
y ser reconocido en una galería de besos.
Me besa y me fallan
las piernas, mis manos temblorosas buscan su pecho, la conozco lo suficiente
como para saber que aunque lo niegue, le encanta que acaricie su cuerpo, que
busque colarme entre su ropa mientras nuestros labios se mezclan, y la saliva es
una sola, las lenguas interpretan un romance y hay gemidos y mordiscos. ¡Cuánto
deseo ansiando ser libre! Me muerde la oreja, el cuello...gemidos que van y
vienen, besos que caen por todas partes, caricias que buscan asegurar que es
real, que somos nosotras, la una en los brazos de la otra. Y otra vez se me
escapa decirle que la amo y al hacerlo siento mi corazón retorcerse y escupir
la sangre que ya no sabe a donde va. Me quemo en su piel, ella no dice
nada...me desespero por oír su voz. Quiero que me hable, que me mire. ¿Sentirá
lo mismo que yo? ¿Seré yo su amor? Escapamos hacia un lugar más íntimo. Ella me
susurra al oído que me quiere...muero, muero por todo. Yo susurro su nombre
mientras me cuelo entre sus piernas. Ella coge aire, me excita verle así y
procurando no hacerle daño voy metiendo mis dedos en su vagina, entro en ella y
no existe nada mejor que hacérselo, nada se compara a su aliento en mi cuello,
su cuerpo retorciéndose y yo notando en mi mano el calor de su entrepierna, el
placer de acariciar sus genitales.
La amo, ella no
sospecha hasta que punto. Ella no conoce ese amor. Sólo espero que si me deja
algún día, no me olvide. No olvide este amor que juntó nuestros destinos. Que
hizo mares con nuestras lágrimas, tormentas con las peleas y el arco-iris con
los besos. Que no hubo nada más sincero que nuestros besos a oscuras y los
cuerpos temblando. Que nunca se apague la estrella.