Me
pregunta por qué he venido. Qué extraño, yo debería tener la respuesta. Pero
ciertamente no la tengo, no tengo nada, mas que mis palabras hambrientas, mis
manos nerviosas, mi yo dando tumbos por la sala, la gota de sudor que se
precipita por mi nuca y recorre el interior de mi camisa, mis recuerdos…a decir
verdad, aún tengo mis recuerdos y por todo aquel que me conoce es bien sabido
que mis memorias tienen un gran valor. Pero...¿me conoce alguien?
Él
suspira. Lo sé, estoy tardando demasiado en empezar a hablar, pero cómo
explicar… tal es mi obsesión.
Carraspea,
nos miramos. Sus ojos son azules, nunca me han gustado los ojos azules, son
hermosos pero me hacen desconfiar y el hecho de que mi loquero tenga los ojos
azules no me lo pone fácil.
-La
echo de menos ¿sabe usted?- Parece asombrado por mi repentina verbalización.
-¿A
quién?-Será posible- A ella, Doctor. ¿A quién sino?
Menudo
idiota el hombre este, no debí venir. Me mira de arriba abajo, me está
alterando más si cabe. Este tipo no termina de gustarme pero no tengo opción.
Las noches de insomnio, las búsquedas entre las calles, los lugares que visito
a diario, mi rutina despedazada por su ausencia.
Todo
tiene que acabarse, o todo acabará conmigo.
-Doctor
¿Cuánto tiempo queda?- Lo diré, de todos
modos este hombre me conoce. Yo a él apenas pero estoy por jurar que él sabe de
sobra quién soy y cuál es mi historia, al menos, sé que desea oírla.
-Todo
el que necesite, pero cuanto antes empiece más fácil para ambos- Y sonríe, como
si fuera divertido.
- Arlyn
tiene los ojos verdes, bueno, a veces son marrones pero sólo cuando se enfada. También cambian, cuando está triste se
vuelven azules. Ella siempre dice que es porque la melancolía es azul. Me decía que cerrara los
ojos y pensara en la palabra “melancolía” que vería las letras azules. Y es
cierto ¿sabe usted? Pruebe, hágalo. La
melancolía es azul como sus ojos tristes…
Arlyn
también dibuja y lo hace muy bien, pero no deja que nadie vea sus dibujos, dice
que no son lo suficientemente buenos. Tonterías a mi parecer. A veces, para que
se rabiara le cogía su carpeta de dibujos y me quedaba el que más me gustase,
aún tengo la habitación llena de sus pinturas, huelen a ella…en verdad no,
huelen a pintura pero a mí me gusta pensar que huelen a ella ¿Sabe usted? El
olor se le quedaba impregnado en la piel y de su piel pasaba a mi cama. Aquellos
sí que eran dulces sueños. Creo que me enamoré de ella, pero nunca se lo dije.
De todos modos, seguro que ella estuvo enamorada de mí. Nunca lo hablamos, no
hizo falta. Nadie la conocía tan bien como yo, sobre todo si estábamos a solas
y se desvestía la vergüenza y el enredo. Arlyn no es una chica cualquiera, todo
en ella roza el límite, todo es demasiado y nada es suficiente y nadie resiste
a su belleza. Arlyn hacía del silencio la mejor melodía.
Su
silencio eran nuestros labios y nuestras lenguas en un tira y afloja, un tango
de rétame a suspirar primero. Y…
-Y..¿Y
qué?-Me mira con curiosidad, hace calor y las paredes se derriten desde mis
pupilas. Él me ofrece agua, la bebo atragantándome.
-No sé,
realmente no sé nada. Creo que todo está en mi cabeza ¿Sabe usted? Pero no,
usted no lo puede saber, nunca la ha visto. No sabe lo que es verla caminar,
acercarse con sus pasos ligeros como si volara, su mirada al encontrarse con la
mía, esa enorme sonrisa y ese abrazo aliento de la vida, respirar su perfume y
que se me erice la piel, que me hable de Frida Kahlo y Diego Rivera y nos
retrate de mil maneras soñadas y mil vividas. Que me tome de la mano para
pasear por la playa. Desearla un lunes y repelerla el viernes. Que un sábado
sin ella era un paraíso y el domingo en su ausencia el infierno. Y las
discusiones terminadas en lágrimas dejaban mi corazón en banca rota.
Es una enfermedad que empieza en la euforia y
acaba devorándote los huesos. A Arlyn no
le gustaba verme fumar, pero en cambio le encantaba el sabor a cerveza de mis
labios. A mí me encantaba ella, me hacía sentir como si yo fuera lo más
fascinante del mundo. Se enamoraba de mis andares, de mis palabras saciadas por
mi voz, de mi pelo revuelto y las camisas mal abrochadas. Me miraba con esos
enormes luceros verdes y me hacía promesas imposibles entre callejones y gatos noctámbulos.
-Todo
eso está muy bien, pero ¿Dónde está ella ahora?- Su pregunta me entierra en el
abismo, ¿Dónde está Arlyn? ¿Acaso sé dónde está Arlyn?
-Doctor
¿es el tiempo quien responde a nuestras preguntas o nosotros respondemos al
tiempo? Crecimos Doctor, los años se llevaron a Arlyn, las calles nuevas de la
ciudad ajenas a nuestros besos, la tierra que cavamos para esconder nuestros
recuerdos eternos tiene ahora un edificio,
las peleas en las avenidas , ella aporreando pianos y yo rasgando
guitarras. Ni un triste violín guarda el eco de nuestra mejor orquesta.
-¿La ha
vuelto a ver?- Parece conmovido, ¿acaso no rozo ya el patetismo?
-Todos
los días Doctor. Pero con otra piel, otra luz en sus ojos y diferente aroma. Ya
no es ligero su vuelo al andar, se ve que los años pesan y cambiamos de lenguas
para hablarnos. Ella fue y ya no es. Y yo ya no soy en ella.
-¿Cambiaría
algo?- Al principio no entendí esa pregunta.
-¿Cambiar,
Doctor? No, nada. Ni una caricia, ni una lágrima. Ni que ella creciera y yo no.
¿Quién quiere la vida sin poder morir en ella? Yo no desde luego. Ella es mi preludio
y la amaré hasta el epílogo.
Nos
quedamos en silencio ambos, pensativos. Sé que en algún momento ella se
acordará de mí, tal vez en este instante. Mientras pasea por el puerto o entra
en una tienda de música. Tuvimos la eternidad en segundos. Me giro a mirar por
la ventana, el cielo naranja muestra la ciudad atardeciendo. Hace un bonito día
para pasear en bici. Desde aquí puedo ver la plaza en la que ella y yo solíamos
robarnos el aliento. Pero ya no está conmigo,
desde la calle contigua ella ahora besa otros labios.
Sí,
Arlyn besa otros labios y yo sonrío.
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