Os voy
a contar una historia, la historia de cómo una vez tuve a alguien. Ese alguien
vivía en mis manos, bebía de mis lenguas y despertaba con mis suspiros. Las
tardes las pasaba dando sorbos al café y recorriendo con sus dedos mi espalda,
marcando cada imperfección con sus yemas. Las fijaba, las memorizaba y con una
mueca de sus labios taladrando una sonrisa, las hacía hermosas. Cada
imperfección mía, era el clímax de su arte.
Ella
vivió en mí por un año sin separarse, no recuerdo ver llover ni anochecer ni una
sola vez hasta que me dejó. Si alguien
se hubiera acercado preguntando la hora, mi respuesta habría sido “La hora más
hermosa del día.” Lo diría desde sus ojos mirándome. Tan pequeña, pequeña y frágil, como un hada albergando
una única emoción.
Cuando
ella vivía en mí bebíamos cerveza y no
nos valía cualquiera, hacía calor todos los días y mi aliento se llevaba mi
carne hasta quedarme reducida a ella. Hubo música todos los días. Aporreábamos
pianos y guitarras y yo siempre iba manchada de verdín.
La luna
temblaba en el agua, pero para qué mirarla si ella vivía en mí.
Cuando
ella vivía en mí las cerezas las tomábamos en la piel de la otra y yo me hacía pequeña y ella cada vez más
grande. Se sentaba en mi regazo y se enfadaba conmigo. Pero bastaba con acercarme a su cuello y besar
hasta que se fundieran los suspiros y jadeos y no hubiera añoranza que matara
con su rudo sílex negro.
Cuando
ella vivía en mí yo tenía los ojos
verdes y era amiga de todos los gatos.
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