“De otro modo no podría haber aceptado la vida, someterme a ella sin sentir la muerte en cada bocanada de aire que tomaba.” Pensaba en ello a menudo, cada vez que una despedida se acercaba o la duda llamaba a mi puerta e intentaba borrar los colores que el mundo me había regalado, los sonidos que yo unía y terminaban en lágrimas guardadas en fotografías para una exposición de sonrisas.
Me senté al final del patio de butacas, al lado del pasillo para poder salir a tiempo. Las luces se fueron apagando y el telón comenzó a subir, los murmullos cesaron y una corriente azul cruzó el escenario, la oscura noche escondía un manto blanco que hacía las veces de estrella única y fugaz. El público miraba sin perder detalle de cada escena, la plenitud anidaba en los corazones, el tiempo y la vida real ya no existían para nadie. Pero yo tenía frío mirando a la luna en el escenario, quería ser parte de los bailarines que danzaban a su alrededor y sentían el gélido fuego que aquella representación del satélite emanaba, mi cuerpo rogaba por la presencia de su luz sobre mi piel y me sentí encarcelada junto a aquella gente que se sentaba a mirar y no veían de verdad lo que había ante ellos. Me pregunté si me verían a mí en el escenario.
Al descanso me apresuré a la parte de atrás del escenario donde me encontré con mis compañeros, me desearon suerte para mi escena y me ayudaron con el vestuario y el attrezzo en general, fuera del escenario no éramos más que fantasmas, sombras de las emociones del pasado que canalizábamos y vivíamos con cada personaje, cada pieza que tocábamos, pergamino rasgado, tinta corrida, cada danza que terminaba con un golpe seco y muerto contra el suelo. No escogimos nada para tenerlo todo, nuestra vida de artistas eran esos momentos efímeros de plenitud.
Cerré los ojos y conté durante un minuto entero, relajé los músculos y nadé en mi interior en busca de aquello que necesitaba para aquel momento, sólo unas pocas emociones acompañadas de sus pensamientos, nada que pudiese distraerme. Me dejé caer, los focos me cegaron un segundo y comencé a bailar sobre las cuerdas que descendían conmigo, mi voz entonó un canto al olvido, y cada nota que subía me elevaba por encima del público que me miraba con devoción. Sentí el calor por mis venas, la sangre fluía como la vida y hervía de júbilo. Poco a poco fui perdiendo altura y descendía hacia la gente, iba a caer junto a ellos, la cuerda se detuvo y mi cabeza quedó a un metro del suelo, frente a mí una chica de ojos verdes y piel aceituna me miraba, clavando su pupila más allá de la mía, congelado los segundos, tiempo y espacio se diluían en el aire. Sus labios rojos se separaron y ella suspiró al tiempo que la cuerda volvía a subir, alejándome de aquel nuevo calor, desaparecí entre la oscuridad olvidando todo lo que ocurría a mi alrededor y creando una nueva melodía que me alejaba del mundo consciente y me sumía en un sueño con una sola imagen. Aquellos ojos verdes.